Sin embargo, en nuestro justo aprecio por el sacrificio, hemos desestimado algo igualmente valioso: el reconocimiento de nuestras grandes victorias, especialmente aquellas cuyo protagonistas aún caminan entre nosotros, sin estatuas ni discursos en su honor.
Una de estas victorias ocurrió en el lugar más inhóspito del planeta. El 4 de enero de 1996, tres soldados del Ejército de Chile alcanzaron el Polo Sur después de recorrer más de 1.200 kilómetros esquiando, sin apoyo externo y arrastrando trineos de más de 130 kilos. Enfrentaron condiciones extremadamente adversas.
El clima fue inclemente; vientos constantes, temperaturas bajo cero y tormentas que interrumpieron su avance. La luz perpetua dificultaba el descanso, y el terreno presentaba peligros: hielo duro, grietas ocultas y sastruguis, formaciones heladas que obligaban a avanzar encorvados, tropezando y arrastrando el trineo repetidamente. Cada kilómetro representaba una batalla.
El frío causó heridas en sus pies; las ampollas sangraron durante días, y el dolor se convirtió en parte de su rutina. A este sufrimiento físico se sumó el aislamiento. En ese desierto blanco, la radio era su único nexo con el mundo exterior. Hubo momentos de desconexión total, donde la incertidumbre se sintió tan agobiante como el frío. No había refugios ni auxilio cercano, y cada error podía ser fatal.
No fue una derrota heroica, sino una victoria silenciosa, y tal vez por eso su recuerdo es efímero.
Los documentos oficiales de la expedición relatan con sobriedad cómo el plan inicial tuvo que ajustarse repetidamente. Las más de 5.000 calorías diarias estimadas se redujeron a menos de 3.000, mientras consideraban evacuar o racionar, conscientes de que racionar implicaba un alto costo físico. No hubo épica, sino decisiones difíciles, liderazgo y responsabilidad.
Esta misión no fue una aventura personal ni una hazaña deportiva; fue un compromiso institucional, llevado a cabo por hombres jóvenes entrenados para perseverar cuando el cuerpo clama por detenerse y la mente exige claridad. Por eso, su valor trasciende lo militar: es una lección ética.
Conversar hoy con el Coronel (R) Sergio Flores, quien ahora vive en Los Andes, resalta esta coherencia. No hay grandilocuencia; hay sobriedad, memoria y respeto por sus camaradas, reflejando el tono de los informes de la expedición.
Nuestros jóvenes necesitan referentes vivos. No solo héroes del pasado, sino ejemplos cercanos que demuestren que el carácter se forja enfrentando la adversidad, no esquivándola. Que Chile no se construyó solo sobre derrotas gloriosas, sino también sobre victorias silenciosas, al borde del límite humano.
Más de mil kilómetros a pie, en la Antártica, soportando frío, dolor y aislamiento, y llenos de incertidumbres. Ellos están vivos. La historia también. Quizás ha llegado el momento de recordarla y transmitirla con la misma fuerza con que honramos nuestras derrotas.
Christian Slater E.
]]>